Publicado: 3 Ago 2016

El desprestigio (inducido) de la democracia

Luis Felipe Sellera es activista de la Sierra.

Luis Felipe Sellera es activista de la Sierra.

Nada es casual. Esto es algo que, en cuanto se tiene cierta experiencia de la vida, aunque no se sepa nada de ciencia, uno aprende en propia piel. Que se esté instalando en la sociedad que votar es un fastidio, que “los políticos” son unos inútiles, que los partidos políticos son una rémora, que no solucionan nada, que sólo miran a y por su propio ombligo partidista, que la ciudadanía va por otro lado, que “se rompe España”, que “hay que hacer los PGE cuanto antes porque nos lo pide Bruselas”, etc., no tiene por finalidad más democracia, sino menos, puede que mucha menos, no en vano el sustrato ideológico de este planteamiento es puro franquismo.

Cada vez oigo más la simpleza de que habría que encerrarlos en el Parlamento, en las peores condiciones de subsistencia posibles (¡hala, castigados!), hasta que se vieran obligados a alcanzar “un acuerdo”.

También, a manera de bonus, se agrega el mensaje de que la ciudadanía ya ha hablado y que son “los políticos” los que pueden y no quieren entenderse; es decir, que existe la obligación de mezclar agua y aceite, en aras de un bien superior: ¿el de quién?, ¿el del IBEX 35?, ¿el de “los mercados” ?, ¿el del sistema bancario? ¿el de la troika (Consejo Europeo, FMI, BCE) que tanto nos quiere y a la que debemos tanto?

Pero… ¿está verdaderamente en el interés de la ciudadanía que se forme cualquier gobierno a cualquier precio? La respuesta es, evidentemente, NO. No es igual para los ciudadanos que se forme un gobierno que, de una u otra manera, por una u otra vía, apuntale el Régimen del 78 o un gobierno que abra una perspectiva de cambio constituyente. Este es el quid de la cuestión, este, y no otro, es el motivo del atasco.

El Régimen no sabe bien qué hacer con esos cinco millones largos de votantes que han complicado su continuidad, que lo han impugnado para que no les siga maltratando y aumentando las cotas de precariedad y desigualdad, haciendo más ricos a los ricos a costa de los más débiles. Esos cinco millones de ciudadanos han dicho alto y claro que no quieren que sigan las mismas reglas de juego, o incluso el propio juego, para que el “tuya-mía” siga encubriendo un orden de cosas podrido, profundamente injusto e ineficaz.

Y en espera de que algo se cocine en las cloacas del Sistema, están fragilizando, desprestigiando, las señas de identidad del funcionamiento natural de la democracia para que esto les facilite, en su momento, una solución, cualquier solución, a poder ser de apariencia democrática, que estabilice la situación y que los poderosos lo puedan seguir siendo sin un coste excesivo.

También, es cierto que las instituciones y los procesos electorales son para ellos partidos que juegan en su campo y con árbitro casero, y eso, ya que las fuerzas del cambio hemos decidido que es hora de salir a ganar, en situación tan adversa, es prudente no olvidarlo.

Luego, no es desgana, no es impericia, no es partidismo, no es que seamos different, es que lo que está en juego es mucho y hemos llegado a un punto de difícil solución y difícil retorno: el avión del cambio ha alcanzado la velocidad en la que no se puede abortar el despegue, so pena de ocasionar un gravísimo accidente. Veremos.

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